viernes, 9 de mayo de 2014

La Atribución: de Entomólogos e Insectos

Foto tomada del blog Psicología Social



 “El ser humano es muy buen entomólogo pero como insecto es muy malo”, esto dijo el gran dramaturgo y novelista español Antonio Gala (1) a su entrevistadora. Se lo dijo como si tal cosa, como si comentara el tiempo o la última jornada de la Liga. Lo dijo con tanta naturalidad que sólo después de un rato, repitiendo en voz baja la frase me di cuenta de la profundidad y sentido de la misma. Lo cierto es que Gala estaba definiendo con una sola sentencia, gran parte de nuestra vida social.

Y es que los humanos nos pasamos media vida interpretando los gestos, los modos de hacer y de decir de nuestros congéneres, tratando de predecir sus comportamientos y racionalizando el porqué de sus conductas, de esta manera sabemos cómo comportarnos nosotros mismos, cómo reaccionar ante las actitudes de los demás. Desde los simples desconocidos con los que nos cruzamos en la calle y que no volveremos a ver, hasta los comportamientos de nuestros seres queridos, de nuestro cónyuge, de nuestros hijos o padres. 

Gala alude al hecho de que, a fuerza de pasarnos la vida en estos menesteres, acabamos por ser expertos interpretando al otro, de la misma manera que el entomólogo es experto en el comportamiento y características de los insectos. En cambio, disimulamos muy mal ante el escrutinio de los demás, por eso somos malos insectos porque se lo ponemos muy fácil al que nos escruta. 

Mi mujer suele decir de mí que soy como un libro abierto, al menos para ella, a veces pienso que es capaz de atravesar mi cráneo y succionar mis pensamientos y, si por un casual no lo consigue, tiene la suficiente confianza como para decirme: ¿en qué estás pensando?. En ocasiones no la contesto, no porque quiera guardarme nada para mí sino que es que no estoy pensando en nada y me da vergüenza reconocerlo. Me da que las mujeres no son capaces de pensar en nada y no conciben ese maravilloso estado de latencia mental, ese ensimismamiento,  que los hombres hemos desarrollado durante nuestra evolución.

Y el mecanismo que utilizamos para ese tipo de interpretaciones se denomina atribución, atribución causal o proceso atributivo. Mediante la atribución buscamos las causas de los sucesos que ocurren a nuestro alrededor y no quedamos tranquilos hasta que no tenemos una explicación, siquiera transitoria, de esto que nos rodea y nos intriga. Para ello, según Heider (2), recurrimos a unas reglas de inferencia basadas en el sentido común que él denomina “psicología ingenua de la acción”. 
 
En este proceso atributivo, cuando se realiza sobre las intenciones de nuestros semejantes, tenemos un actor, el otro, que se comporta según una conducta y un observador, nosotros, que realizamos un proceso de deducción que es la atribución de unas causas a esa conducta. Evidentemente podemos cambiar los papeles y ser nosotros los actores y el otro el observador. De hecho todos somos actores y observadores continuamente y al mismo tiempo, pues, cuando se produce una interacción, yo explico la conducta del otro al mismo tiempo que el otro trata de explicar mi conducta.

Para ello, siempre según Heider, realizamos cuatro tipos de análisis. En primer lugar nos preguntamos acerca de la capacidad del actor para realizar o no la conducta en cuestión. En segundo término analizamos la dificultad de la tarea que realiza el actor, bien porque la tarea es difícil en sí misma, bien por las circunstancias que envuelven el desarrollo de su conducta. En tercer lugar el observador analiza la motivación del actor para realizar o no la acción y, por último, nos cuestionamos acerca del esfuerzo que emplea el actor para llevar a cabo esa conducta.

Una vez realizadas estas preguntas el observador, o sea, cada uno de nosotros cuando observa el comportamiento de los demás, encuentra o cree encontrar las causas de la conducta y Heider divide estas causas entre causas internas o personales, que radican en el actor – la personalidad, la disposición a acometer el acto o la motivación -, y las causas externas o ambientales – la situación, la estructura social o la cultura -. No es lo mismo robar una manzana en un puesto de frutas porque quieres gastarle una broma al frutero que porque tienes hambre y no tienes dinero. Y es curioso este punto de vista porque evidentemente cuanta mayor sea la fuerza del elemento ambiental menor será la responsabilidad del actor.



Imagen tomada de blog Alumno Sociólogo

 
Es evidente que el proceso atributivo tiene una clara dimensión social. Acabamos de ver como las causas ambientales son muy importantes en dicho proceso, y ese ambiente es social. Por otro lado, las personas realizan a menudo atribuciones partiendo de creencias anteriores que suelen estar compartidas culturalmente y que se adquieren durante el proceso de socialización (3), es lo que algunos autores denominan atribuciones sociales.

Es también curioso analizar las diferentes percepciones de la situación según seas actor u observador. Cuando eres actor las atribuciones o mejor dicho, autoatribuciones, suelen ser externas – no solemos decir “he suspendido” sino “me han suspendido” - pero cuando estás en la posición del observador sueles atribuir la conducta a las características personales del actor – “ha suspendido porque no estudia” -. Esto pasa, según Jones y Nisbett (4), por tres razones. En primer lugar porque el observador desconoce si la conducta es representativa o no del actor, algo que éste si sabe, ajustando su atribución más adecuadamente. En segundo lugar, el actor puede recurrir a la atribución externa para eludir las responsabilidades de su conducta – “no es que no haya estudiado es que el profesor me tiene manía” – mientras que el observador carece de dicha necesidad. Y por último, porque para el observador lo saliente es la conducta del actor porque es lo que llama su atención, mientras que para el observador lo que le afecta es la situación pues debe actuar frente a ella.

Pero claro, cuando andamos observando a lo demás no podemos ir por esos mundos de Dios a tontas y a locas, necesitamos tener alguna técnica personal para saber que lo que atribuimos es válido o no. Los que saben de esto a este proceso lo llaman validez atributiva. Para Kelley (5) las personas valoramos tres tipos de informaciones: la existencia de consenso, la distintividad y la consistencia.

La existencia de consenso hace referencia a si la mayor parte de las personas responden de la misma manera a un misma situación, es decir, si ves bajar a los toros por la calle de la Estafeta (6) habrá mucho consenso en que hay que correr. Hay distintividad de grado alto cuando el actor responde de forma diferente a otras personas en ciertas circunstancias, en nuestro ejemplo podría ser que un corredor decide torear en vez de correr. La consistencia alta se produce cuando el actor responde siempre igual frente al mismo estímulo o situación,  siempre que los toros bajan por la Estafeta los corredores sale escopetados calle abajo. Cada uno de estos tipos de información puede adquirir dos niveles, alto y bajo, y se pueden combinar entre sí de múltiples formas. 

A este modelo se le llama de Covariación de Kelley y, según el mismo, los sujetos, para formular sus juicios atributivos, examinan como covarían entre sí los diversos elementos de información de que disponen aplicándoles los niveles altos o bajos a las propiedades de consenso, distintividad y consistencia (7).

Ahora bien, la vida no es tan bonita, en realidad no siempre se dispone de tanta información, ojalá yo hubiera tenido toda la información necesaria cuando he tomado una decisión. Este es uno de los puntos que más se critica del modelo de Covariación. Normalmente tomamos decisiones o adoptamos ciertas posturas sin contar con todos los elementos de información. A veces no es cuestión de falta de información sino de falta de tiempo, tienes que adoptar una decisión, opinar o comportarte de alguna manera rápidamente, sin apenas tiempo. En estas ocasiones casi siempre las personas recurrimos a recetas ya elaboradas, a preconcepciones acerca de qué causas van asociadas a qué efectos. Es lo que los psicólogos sociales han dado en llamar los esquemas causales.

Los psicólogos hablan de dos esquemas causales básicos. Las Causas Suficientes Múltiples - que se aplica cuando la conducta a explicar puede obedecer a distintas causas, todas presentes en el momento del suceso y todas suficientes por si solas para producirlo – y las Causas Necesarias Múltiples – que se aplican cuando el efecto sólo se produce al actuar conjuntamente dos o más causas. 

Pero no vayamos de listos. A menudo nuestras atribuciones son erróneas o incurren en sesgos, por muchos mecanismos de seguridad, como los descritos en los últimos párrafos, utilicemos. Me viene a la cabeza la anécdota acerca de un amigo mío que confiaba mucho en sus intuiciones. La verdad es que le habían ayudado mucho a lo largo de su carrera. Estaba convencido de que el programador Fulanito salía a escondidas con la operadora Menganita. Según él, la conducta que veía en ambos, miradas de soslayo, risas cómplices, lenguaje corporal contenido, denotaba una relación a la que no querían dar pábulo porque trabajaban en el mismo sitio. Le advertí en vano que estaba equivocado. Yo conocía al muchacho en cuestión y sabía que tenía novia, otra chica distinta, y que estaba haciendo planes para casarse. Lo peor es que la historia acabó en un rumor, y los rumores, como ya dije en otro artículode este blog, hacen daño.

Así que, dado que una misma conducta se puede interpretar de formas muy distintas y que en los juicios atributivos no suelen existir criterios infalibles, en ellos se puede incurrir en sesgos o errores. Los dos errores más comunes son el error fundamental y el error último.

 
El error fundamental consiste en la tendencia a explicar la conducta de los demás en función de sus disposiciones internas tales como la personalidad o el carácter no teniendo en cuenta las circunstancias que rodean a ese comportamiento. Parece que existe una base cultural en este sesgo pues hay estudios que indican que es más característico de los países influenciados por la ética protestante.



No cometas el error fundamental de atribución conmigo. Imagen del blog Psicología Social

El error último es típico de las relaciones entre grupos. Se trata de atribuir los éxitos del propio grupo a causas internas – “hemos ganado el partido porque éramos mucho mejores” – y los fracasos a causas externas – “hemos perdido porque el árbitro nos ha perjudicado”-. 

¿Cuáles son las funciones de la atribución?, ¿para qué sirve?. En primer lugar las atribuciones nos sirven para controlar las situaciones, para preveer los comportamientos de los demás, para adoptar una conducta ante las conductas ajenas, en definitiva, las atribuciones tienen una función de control de nuestras relaciones. Uno de los efectos paradójicos de esta función es la tendencia a percibir negativamente a las personas que sufren alguna desgracia o que tienen un defecto, achacándoles las causas de sus males, es decir, la culpabilización de las víctimas. “Fulanito ha cogido tuberculosis, claro, ¡tanto vino y tantas mujeres!”. Esto se puede explicar como un deseo de creer que tanto esas desgracias como esos defectos son controlables, que siguiendo una conducta determinada esos peligros se pueden conjurar, por ejemplo, que evitando el vino y las mujeres se puede evitar el contagio de la tuberculosis. 

Existe también una función de autoestima. Ya hemos hablado de que existe una tendencia a atribuir los éxitos a causas internas y estables, “he aprobado por mi constancia y capacidad”, y los fracasos a factores externos e inestables, “he suspendido porque el profe me tiene manía”. Esto nos ayuda a superar los fracasos y reducir la tensión emocional derivada de los mismos.

Por último, existe una función de autopresentación, un intento por controlar la imagen que de nosotros tienen los demás. ¿Cómo lo hacemos?, pues intentado proyectar una imagen favorable de nosotros mismos para influir en las atribuciones que de nosotros y de nuestro comportamiento realizan los demás.

Tengo una conocida que cuando me ve, unas veces me saluda y otras veces no. A mí, mis padres me enseñaron a decir un “buenos días” o un “hola” con una sonrisa y, ya el hecho de que no me saluden me fastidia, pero lo que me repatea es que lo hagan aleatoriamente, porque no sé a qué atenerme. Si sé que el otro me responde no me importa adelantarme y soltar el “buenas tardes” primero, si el otro sé que no me responde no le dices nada y sanseacabó; pero si no tienes garantías de que te respondan el asunto es más peliagudo porque si saludas y no te hacen caso te sienta realmente mal, pero si te saludan y tu andas medio despistado y respondes tarde y tartamudeando también te sientes mal, la educación de tus padres pesa mucho.

Me he preguntado muchas veces por qué esta mujer actúa así, ¿le habré hecho algo?, ¿me habrá visto?, ¿me tendrá envidia?, ¿me considerará inferior?, ¿aparte de mal insecto seré tan mal entomólogo que no soy capaz de interpretarla?. Al final he llegado a una atribución, a una causa interna y estable, la buena señora es…  gilipollas.

Juan Carlos Barajas Martínez
Sociólogo

Notas
  1. Antonio Gala es un dramaturgo, novelista y ensayista español.
  2. Fritz Heider fue un psicólogo austríaco de la escuela gestáltica.
  3. La socialización es el proceso mediante el cual el ser humano aprende e interioriza, en el transcurso de su vida, los elementos socioculturales de su medioambiente, los integra a la estructura de su personalidad, bajo la influencia de experiencias y de agentes sociales significativos, y se adapta así al entorno social en cuyo seno debe vivir.
  4. Edward E. Jones fue un eminente psicólogo social de las universidades Duke y Princeton. Richard E. Nisbett es profesor de psicología social en la Universidad de Michigan, investigador eminente en cognición social, clases sociales e influencia de la cultura en la psicología social.
  5. Harding Harold Kelley, profesor emérito de psicología de la UCLA y un pionero distinguido y colaborador de la psicología social
  6. Estafeta es el nombre de una famosa calle de la ciudad de Pamplona (España), debido a que los encierros de San Fermín discurren por ella.
  7. Existen tres combinaciones del modelo de covariación que se califican como fundamentales pues determinan con claridad la atribución que realizará el observador frente a la conducta del actor:
COMBINACIONES
Consenso
Distintividad
Consistencia
ATRIBUCIÓN
1
Alto
Alta
Alta
Al estímulo
2
Bajo
Baja
Alta
Al actor
3
Bajo
Alta
Baja
A las circunstancias

  1. Gilipollas es un insulto, bastante malsonante, que es de sobra conocido en España pues se usa con profusión en todos los rincones del país, en cambio, puede ser desconocido por los lectores americanos. Gilipollas es sinónimo de tonto, estúpido o necio. Es cercano al boludo argentino o a ciertos usos de la palabra comemierda en el Caribe, aunque esta última según el diccionario de la RAE es persona despreciable. El origen legendario del término es de lo más curioso, existía en la época del Duque de Osuna, allá por el siglo XVI, un eximio personaje de alto copete llamado Don Gil Imón. Unas fuentes le señalan como un destacado fiscal del Consejo de Hacienda de la época de Felipe III. Otras fuentes parecen indicar que este representante gubernamental era en realidad un insigne alcalde de Madrid. D.Gil Imón gustaba de codearse con gentes de las más altas esferas; acudía a reuniones de boato y pompa donde se debatía acerca de asuntos de Estado de gran trascendencia. Asistía a estos actos sociales siempre en compañía de sus dos hijas, que eran muy feas y con una inteligencia prácticamente nula. Su presencia en ceremonias, fiestas y compromisos no sorprendía a nadie, y mucho menos que acudiera siempre en compañía de sus hijas. Hasta no hace mucho a los muchachos se les llamaba “pollos” y a las chicas “pollas”, actualmente se ha impuesto la palabra en su forma femenina como término malsonante de pene y nadie la utiliza como sinónimo de muchacha, aun quedan por ahí doblajes antiguos de películas con ese significado. Así que cada vez que llegaba a una fiesta, el público asistente, con bastante mala baba exclamaba: !Ahí llegan D. Gil y sus pollas!. Rápidamente la asociación de ideas fue inevitable se  comenzó a fusionar en un mismo término la estulticia con las "pollas" o hijas del fiscal. Así, "Gil y "pollas" pasaría a ser cita o comentario explícito que aludía a la torpeza mental. Por cierto D. Gil Imón tiene calle en Madrid.

Bibliografía:

J. Francisco Morales
Procesos de Atribución
Psicología Social
McGraw-Hill
Madrid 2000

María Teresa Sanz de Acebo Baquedano
Presentación Procesos de Atribución
Psicología Social
UNED 2009

Wikipedia inglés

Wikipedia en español


lunes, 28 de abril de 2014

No Nos Representan

Cartel en una manifestación con el lema "No nos representan"



Quizás fue el grito más repetido durante las manifestaciones y asambleas del 15M, se llegaron a publicar varios artículos y, al menos, un libro con este título. Este grito, que resonó y resuena en las calles y plazas de España, se identificó con un sentimiento de desapego, de desafección de una buena parte de los ciudadanos con un sistema que se supone democrático pero que presenta serios rasgos autocráticos.

La corrupción evidente de parte de la clase política,  el comportamiento de los partidos tradicionales, los recortes indiscriminados, la bajada generalizada de los salarios, el incremento del paro a cifras siderales y el resto de la larga lista de las consecuencias de la crisis económica que han traído consigo un aumento inusitado de la desigualdad social, ha incrementado el descontento de la gente hasta límites que yo no había visto antes, y ya no soy un niño, mis ojos ya han visto más de una crisis.

Al mismo tiempo, la gente se ha dado cuenta de que sólo se solicita la opinión del ciudadano cada cuatro años. En elecciones en las que los partidos concurren con programas cerrados en listas cerradas encerrados en un paquete completo que aceptas o no.

Con todo eso no es lo peor, lo peor es que ese paquete cerrado ofrecido no se cumple, raro es el gobierno en sus tres niveles – nacional, autonómico y municipal – que cumple algún apartado de lo prometido, de manera que los programas electorales son meros acompañamientos de los discursos electorales, pocos los leen y nadie se los cree, da la sensación de que si no se escribieran no pasaría nada, tan sólo forman parte del paisaje electoral como los mítines – otra tradición que ha perdido el sentido salvo para conectar con el telediario de las nueve de la noche –, la pegada de carteles o las pegatinas. Eso si te dicen que la culpa no es suya, que es a su pesar, que toman medidas impopulares, que no siguen su programa porque las circunstancias, el bien general o Bruselas así lo exigen.

Y durante toda la legislatura se toman decisiones sin contar con los que van a sufrirlas, no se admiten reclamaciones, no se toma en cuenta ningún intento de iniciativa legislativa popular. Nadie sabe – al contrario de lo que pasa en otros países – cómo dirigirse a los diputados o senadores de su provincia para que escuchen y ayuden a resolver problemas, mientras los grupos de presión saben bien a qué despachos acudir y en qué salas de espera esperar para arrimar el ascua a su sardina. Ya dejarán que votemos al cuarto año para revalidar los hechos consumados de la legislatura. Momento en el que volverán a proponer un paquete cerrado en una lista cerrada. O todo o nada.

Eso en un mundo en el que cada vez más se tienen en cuenta las preferencias de cada hijo de vecino cuando se trata de venderte algo. Dices “me gusta” a un sinfín de preguntas cada día, estás muy retratado en las redes sociales en perfiles que marcan tus preferencias, los robots en Internet averiguan tus gustos y te presentan ofertas a tu medida, sin embargo, estas herramientas no se utilizan cuando se trata de la oferta política. Cuando se trata de política se percibe una enorme sordera. Y los ciudadanos, sobre todo los más jóvenes, ven el contraste. Si no me escuchan, piensan, es porque no quieren.

Ante tal dejación en la representatividad de los representantes de la nación quién puede extrañarse de que un grupo importante de la población sienta que no se les representa desde las Cortes, desde los parlamentos autonómicos y desde los concejos. Y esa falta de fe en las instituciones se refleja en una tendencia clara a la abstención.

La idea de representación trae consigo a la idea de una persona o grupos de personas que actúan en nombre de otras para lo que existe algún tipo de acuerdo entre ellos. Y la existencia de esta figura de la representación es tributaria de algún tipo de necesidad o de utilidad, en el caso de la política porque, dado el gran número de personas a representar, ya no vivimos en las antiguas polis griegas en las que funcionaban relativamente bien fórmulas de democracia directa (1), es muy complicado resolver los problemas del día a día mediante asambleas.

En las democracias, es tu voto el que marca ese nexo entre representante y representado, debería tomar forma con el programa electoral que para algunos teóricos es como un contrato de representación y toma cuerpo cuando se proclama al candidato y se convierte en representante. Este nexo que une al representante y los representados  no solo liga a los primeros con los que le han votado sino con todos los votantes de una circunscripción territorial le hayan votado o no y esto, el cargo electo, debería tenerlo en cuenta, no hasta el punto de traicionar a su programa electoral pero sí a los efectos de que cada vez que tome una decisión lo haga efectivamente pensando en todos. Yo personalmente tengo la sospecha de que esto ocurre en pocas ocasiones y, muy a menudo, se oye a los representantes hablar sólo para sus votantes cuando no ofender directamente a los colectivos que no les votaron. En reciprocidad, los no votantes no suelen sentirse representados por ellos.

Pero sigamos, hagamos un poco de historia, tan sólo unos párrafos. Hay que situar el origen de la representación en las asambleas estamentales medievales que asistían y aconsejaban al monarca. Los representantes lo eran de los distintos estamentos sociales para salvaguarda de sus respectivos intereses y privilegios y había una vinculación inequívoca, la relación entre representante y representado era un mandato imperativo.

En la era moderna, los monarcas absolutos redujeron a las antiguas asambleas a su mínima expresión, a excepción quizás de Inglaterra, y con ellas el sentido de la representación.

Los regímenes liberales que fueron surgiendo a partir de finales del siglo XVIII trajeron la idea de la soberanía nacional y, a partir de ella, se configuraron nuevos parlamentos en los que sus miembros, los representantes de la nación, eran los que ejercían la voluntad nacional. Es curioso que  estos señores ejercieran la voluntad nacional siendo elegidos por sufragio censitario (2), es decir, por unos pocos privilegiados. De todas formas se había dado un paso adelante pues la soberanía ya no residía en un único señor, el soberano.

En el régimen liberal la representación era libre, también llamada mandato representativo, que excluía la posibilidad de mandato imperativo, es decir, no estaba lastrada por compromisos ni limitaciones de los representados. Aunque el hecho de que hubiera una relación tan cercana entre representante y representados – al fin y al cabo un pequeño grupo de influyentes ciudadanos - implicaba que el cargo electo tampoco podía hacer lo que diera la gana sino que estaba mediatizado por los intereses de los que le habían mandado hasta allí.

El advenimiento de los regímenes democráticos que extendieron – a caballo entre el siglo XIX y XX – el sufragio de censitario a universal (3) provocó que la representación viniera a cargarse de un sentido más participativo y pluralista. Pero eso en la teoría, con el paso del tiempo, la irrupción de los partidos políticos en la vida pública, hasta el punto de controlar en la práctica los procesos de producción de la representación,  hizo que el representante llegara a serlo por el apoyo de la maquinaria del partido, lo que trajo consigo el dilema de a quien hacer caso. Si al partido, al que le debía disciplina, o al ciudadano, al que le debía la representación.

Dilema que en estos convulsos tiempos todos sabemos hacia donde se ha resuelto. Todos hemos visto cómo los jefes de los grupos parlamentarios utilizan signos para indicar en que sentido hay que votar y hemos asistido a situaciones en las que, cuando el asunto ha afectado a la conciencia de algún diputado o senador con conciencia, ha tenido que abonar alguna multa por romper la disciplina de voto.

Esta representación de tipo jurídico-política produce poder. Dado que vivimos en una monarquía parlamentaria, todo el poder viene del parlamento. Nuestros representantes eligen al presidente del Gobierno y éste elige a los ministros. Y el Gobierno acumula mucho poder. Gobierna, recauda, distribuye dinero y recursos, dirige a la administración, a las fuerzas armadas y a las fuerzas de seguridad, tiene la iniciativa legislativa y la potestad reglamentaria (4). Nuestros representantes eligen, en su totalidad o en parte, a las directivas de los Órganos Constitucionales que dirigen todos los demás aspectos de la vida pública desde el Tribunal Constitucional (5) a Consejo General del Poder Judicial (6), promulgan las leyes por las que nos regimos, aprueban los presupuestos del Estado que pueden sernos beneficiosos o beneficiar a los de siempre, establecen impuestos y tasas que pueden ser redistributivos o abusivos, en definitiva, todo pasa por las manos de esos representantes que, según muchos perciben, no nos representan.

Eso en el ámbito nacional, pero el escenario se repite a escala menor en el ámbito autonómico, en el municipal  y, subiendo la escala, en el ámbito europeo.

Esa percepción de que no nos representan desemboca en que muchos caigan en el desánimo y piensen que para qué votar, si no estás invitado a la fiesta. Muchas personas piensan que no tiene ningún sentido votar.

Cada cuatro años las cámaras se renuevan, nos consultan, se convocan elecciones, al menos nos queda eso. Porque, a pesar de todo, a mí me sigue gustando ir a votar, quizás porque yo vi como mis padres no podían hacerlo, fui un niño del franquismo. Entiendo que para mí y muchos de mi generación el hecho de votar tenga un valor sentimental que no poseen o padecen las generaciones siguientes, nacidas en la democracia. Y puedo entender las razones de los que se abstienen, ¿cómo no comprenderla después de todo lo que he escrito en los párrafos anteriores?.

Quedarse en casa en día de las elecciones puede hacer sentirte como alguien que da un portazo a la clase política y al sistema y se queda a gusto. 
Otros pueden pensar – y en cierto modo no les falta razón – que cuanta menos participación el sistema tiene menos legitimidad y se puede soñar con que esa falta de legitimación lleve al colapso. Está por ver que eso del colapso sea una buena idea, pues cuando cae un sistema caen muchos justos por pecadores y a veces la historia nos enseña que más de una vez la situación se estabiliza en nuevo sistema que no es mejor que el anterior.  Además los sistemas políticos tienen bien desarrollado el instinto de conservación, son a prueba de bombas, tardan mucho en colapsar.

Otros más opinan que todos los partidos son iguales, ¿qué más da entonces a quién votar?, aunque quizás sean iguales porque no los renovamos, a lo mejor tendríamos que aventurarnos a votar a otros antes de tomar el complicado camino de las barricadas.

Todo esto lo entiendo. Pero cuando, como hemos visto, se acumula tanto poder,  ¿es racional no dar nuestra opinión?. Cuando nos quejamos de que no se nos consulta y que solo se nos pide refrendo una vez cada cuatro años, ¿no es lógico hacerlo cuando nos dejan?,  ¿tiene sentido otorgar la razón mediante el silencio?. ¿No se estará frotando las manos más de uno pensando en los porcentajes de abstención?.

Y es que la abstención no sirve a los efectos electorales. No indica nada, no tiene dueños, por eso hay tantos que intentan apropiársela, es muy fácil, si no se ha votado a nadie puedo reclamar el voto como mío. Ya he visto muchas veces ese tipo de reivindicaciones – desde el anarquismo hasta la extrema derecha - que no llevan a ninguna parte, desde luego a la Carrera de San Jerónimo (7) no. 

Para empezar el resultado de las elecciones no se vería afectado aunque tan sólo votara el 10%, sería el resultado de aplicar la fórmula electoral (8) a los votos válidos. Es más, por milagros de esa fórmula la abstención favorece a los partidos mayoritarios.

En mi artículo “El Discreto Encanto de la Abstención…”, hice un pequeño experimento que cualquiera puede realizar. Me armé de una hoja de cálculo Excel y de un simulador de la Ley D’Hondt (9) y me puse a estudiar cómo influiría en unos resultados electorales una disminución de la abstención. Basándome en las últimas elecciones autonómicas en la Comunidad de Madrid aumenté los porcentajes de participación, manteniendo los porcentajes de los mayoritarios y distribuyendo ese voto añadido entre los demás partidos se obtuvo una disminución significativa de los escaños asignados a los dos grandes partidos.

No se puede terminar sin hablar del voto en blanco. Por supuesto es una opción legítima del elector. El voto en blanco es otra forma de expresar a la clase política la desafección a una forma de hacer política. Aceptas el sistema democrático y te molestas en ir al colegio electoral, pero es igualmente inútil. Es más, en cierto sentido es más perjudicial que la abstención. El voto en blanco cuenta a la hora de establecer la participación, pero también a la hora de calcular la barrera electoral (10). El número mínimo de votos para obtener diputado se obtiene calculando el 3% del número total de votos en la circunscripción y ahí los votos en blanco elevan el valor que se obtiene. Por otra parte, el voto en blanco no se cuenta a la hora de repartir los escaños, no hay escaños en blanco, se ocupan todos. Al elevar el número de votos mínimo para entrar en el parlamento perjudicas a los partidos pequeños y beneficias a los grandes que tienen menos competencia para repartirse los votos válidos.

La abstención me recuerda a una frase que decía mi madre cuando yo me enfadaba con ella y hacía algo para castigarla pero que en realidad me castigaba más a mí que a ella, cosas como “ahora ya no juego” o “ya no te dibujo más”. En estos casos mi madre me decía con tono burlón “Eso, ¡para que se fastidie mi capitán hoy no como rancho (11)!”. Humildemente pienso que el que tiene ese sentimiento de desafección a la política y lo materializa en la abstención con el fin de castigar a la clase política se está castigando a sí mismo, vamos que no comes rancho pero al capitán le da igual.

Ellos no lo dicen pero el lema electoral real de ciertos partidos es “vótame y, si no, abstente”. El verdadero castigo para los que no cumplen es votar a otros (12), porque les das donde más les duele, en la representación, de donde hemos visto que surge todo el poder. Y si cada vez que incumplen de manera manifiesta un programa político no les revalidáramos nuestra confianza ya procurarían cumplir en la siguiente ocasión. Entonces se reduciría esa enorme diferencia entre lo que prometen y lo que cumplen, lo exijan las circunstancias, el bien general o Bruselas.

En los próximos días tenemos unas elecciones ojalá nos apliquemos el cuento.

Juan Carlos Barajas Martínez
Sociólogo

Notas:
  1. Por cierto en la constitución de Atenas, la más conocida y admirada de la antigüedad, había órganos representativos, no sólo funcionaba la asamblea de ciudadanos. Ver Democracia Ateniense
  2. Sufragio censitario o sufragio restringido fue un sistema electoral, vigente en diversos países occidentales entre fines del siglo XVIII y el siglo XIX, basado en la dotación del derecho a voto sólo a la parte de la población que contara con ciertas características precisas (económicas, sociales o educacionales) que le permitiera estar inscrita en un "censo electoral". El sufragio censitario se contrapone al sufragio universal, que no establece condiciones salvo mayoría de edad y la ciudadanía (aunque hasta el siglo XX estaba limitado al sufragio masculino).
  3. El sufragio universal consiste en el derecho a voto de toda la población adulta de un Estado, independientemente de su raza, sexo, creencias o condición social. Habitualmente se entiende de forma más concreta, en el sentido de más ligado a la extensión del voto a la población adulta femenina.
  4. La potestad reglamentaria es la capacidad del poder ejecutivo de dictar normas generales de rango inferior a las leyes, por lo común en desarrollo o aplicación de éstas.
  5. El Tribunal Constitucional de España o TC es el órgano constitucional que ejerce la función de supremo intérprete de la Constitución Española de 1978
  6. El Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), según el artículo 122 de la Constitución Española, es el órgano de gobierno del Poder Judicial de España. Su principal función es velar por la garantía de la independencia de los jueces y magistrados frente a los demás poderes del Estado.
  7. La Carrera de San Jerónimo es la calle de Madrid en la que está ubicada la sede del Congreso de los Diputados.
  8. La fórmula electoral es el cálculo matemático mediante el cual, en una votación, se distribuyen los escaños de una asamblea en función de los votos del electorado.
  9. La Ley d’Hondt es la fórmula electoral que se aplica en España
  10. La barrera electoral o legal, también conocida como cláusula de barrera, o umbral electoral, es en política la proporción mínima de votos que necesita una lista electoral para que pueda conseguir asientos o representantes en el parlamento u órgano similar; o también, la cantidad mínima para que un partido pueda actuar en las comisiones parlamentarias. El objetivo de la cláusula es evitar la fragmentación parlamentaria.
  11. Rancho, según el diccionario de la Real Academia, en su primera acepción significa: Comida que se hace para muchos en común, y que generalmente se reduce a un solo guisado; p. ej., la que se da a los soldados y a los presos.
  12. Si el lector desea conocer las agrupaciones políticas que concurren a las elecciones europeas de 2014 puede pulsar en el siguiente enlace:



Bibliografía:

Vallés I. y Bosch A.
Sistemas Electorales y Gobierno Representativo
Editorial Ariel
Barcelona 1997

Delgado, I. y López Nieto I.
Comportamiento Político, Partidos y Grupos de Presión
UNED
Madrid 2004