lunes, 10 de agosto de 2026

Sociología del envejecimiento 2: problemas sociales

 

Las edades y la muerte de Hans Baldung Grien (1544) 
que no se diga que no empezamos con alegría


Resumen

En el primer artículo de esta serie exploramos cómo el envejecimiento se ha convertido en un fenómeno social central y analizamos los procesos biológicos, psicológicos y sociales que lo acompañan. En este segundo texto abordamos los problemas concretos que afectan a las personas mayores: la jubilación y sus consecuencias, la pobreza y la desigualdad, la feminización de la vejez, el peso de la pertenencia a una etnia, el aislamiento social, la brecha digital, el edadismo y el maltrato.

Abstract

In the first article of this series, we explored how ageing has become a central social phenomenon and examined the biological, psychological, and social processes that accompany it. In this second article, we address the concrete problems affecting older people: retirement and its consequences, poverty and inequality, the feminisation of old age, the weight of ethnic belonging, social isolation, the digital divide, ageism, and mistreatment. 

Índice

  • Introducción
  • La vejez no es una categoría homogénea
  • Jubilación
  • Desigualdad y pobreza
  • Feminización de la vejez
  • Vejez y etnia
  • Aislamiento social
  • Brecha digital
  • Discriminación por razón de edad: edadismo
  • Maltrato a las personas mayores


Introducción

En el primer artículo de esta serie (“Sociología del envejecimiento 1: la vejez en nuestra sociedad”), exploramos cómo el envejecimiento se ha convertido en un fenómeno social central de nuestro tiempo. Hablamos de los tres relojes que marcan el paso de los años: el biológico (el cuerpo que se resiente), el psicológico (la mente que se adapta) y el social (las normas y expectativas que la sociedad deposita sobre los mayores). Vimos que envejecer es un proceso universal, pero que lo que significa ser viejo varía enormemente según el país, la cultura y, sobre todo, la clase social, el género o la pertenencia étnica.

Ahora toca bajar al barro. En este segundo artículo vamos a recorrer los problemas concretos que afectan a las personas mayores: la jubilación y sus consecuencias emocionales y económicas, la pobreza y la desigualdad que se acentúan con la edad, la feminización de la vejez (porque las mujeres viven más años y con menos recursos), la soledad que aísla a muchos, la brecha digital que los excluye de un mundo cada vez más tecnológico, el edadismo que los estereotipa y discrimina, y el maltrato, que es la cara más oscura de todos estos problemas.

No es un panorama halagüeño, pero tampoco es un drama. Hay luces y sombras, como casi todo en la vida. Y conocer estos problemas es el primer paso para abordarlos. Si el lector se quedó con ganas de más después del primer artículo, aquí tiene material para reflexionar. Y si llega por primera vez, no se preocupe: los conceptos clave están explicados de manera que cualquier persona pueda entenderlos, aunque no haya leído el artículo anterior. Dicho esto, pongámonos cómodos y empecemos.


La vejez no es una categoría homogénea

Las personas mayores son ricas, pobres y de clase media; pertenecen a todos los grupos étnicos; viven solas o en familias de toda índole; tienen ideologías y preferencias políticas diversas; y son tanto homosexuales como heterosexuales. Además, su estado de salud varía enormemente, lo que condiciona su capacidad para mantener la autonomía y el bienestar. Esta diversidad es fundamental para entender que los problemas de la vejez no son universales, sino que se distribuyen de manera desigual.


La jubilación

Uno de los retos que marcan una transición significativa es la jubilación. El trabajo no solo proporciona un salario, sino que forma parte de la identidad de la persona. Perder ese rol puede generar problemas emocionales e, incluso, una cierta pérdida del sentido de la vida —lo que algunos sociólogos llaman «muerte social»—. Además, la jubilación supone una reducción drástica de los ingresos y una disminución del estatus social asociado a la ocupación.

Las diferencias de clase son cruciales. Las personas de clase trabajadora suelen carecer de un «proyecto de jubilación» activo; su retiro es más un cese del trabajo que una nueva etapa planificada. En cambio, quienes disponen de más recursos han generado toda una industria especializada —viajes, formación, ocio cultural— que convierte la jubilación en un mercado floreciente.

Al mismo tiempo, se dan dos tendencias contradictorias. Por una parte, existe una presión para anticipar la edad de jubilación, ya sea voluntariamente o mediante jubilaciones forzosas. Esto ocurre sobre todo en sectores tecnológicos y financieros, donde el prestigio del dinamismo y el conocimiento digital que se atribuye a los jóvenes influye en la percepción sobre la cualificación de los trabajadores mayores.

Por otra parte, el coste de las pensiones provoca que los gobiernos estén interesados en aumentar la edad de jubilación. Según la OCDE, más de la mitad de sus países miembros ya han aprobado o tienen en marcha aumentos en la edad de jubilación.

Esta contradicción responde a los diferentes intereses del Estado y las empresas. El Estado busca la sostenibilidad del sistema público de pensiones; las empresas, la reducción de costes y la renovación de plantillas. El resultado es un sistema esquizofrénico: el Estado dice «trabaja más años», pero las empresas dicen «vete antes». Y el trabajador mayor queda atrapado en medio, a veces con ofertas de prejubilación, a veces con la necesidad de seguir cotizando para no perder derechos.


Desigualdad y pobreza

Las desigualdades de clase, género y raza no desaparecen con la jubilación; al contrario, tienden a acentuarse. La desigualdad añadida por la edad hace que las mujeres, las minorías étnicas y los obreros manuales sean, en la vejez, significativamente más pobres que sus iguales de mediana edad.

La capacidad de suscribir un fondo de pensiones profesional o privado durante la vida laboral es uno de los principales determinantes de la desigualdad de ingresos entre los jubilados. Quienes pudieron ahorrar o tuvieron acceso a planes de pensiones privados mantienen rentas elevadas; quienes dependen exclusivamente de la pensión pública —mayoritariamente mujeres y trabajadores de baja cualificación— son los más vulnerables.

La situación de las personas mayores en Europa respecto a la pobreza es compleja y presenta un panorama de luces y sombras. Aunque, en términos generales, los mayores de 65 años tienen tasas de pobreza más bajas que otros grupos de edad, esta media esconde una profunda heterogeneidad entre países.

A nivel comunitario, la tasa de riesgo de pobreza o exclusión social (tasa AROPE) para los mayores de 65 años se situó en el 19,4% en 2024 (Eurostat). Esto significa que casi 1 de cada 5 personas mayores en la UE está en riesgo de pobreza o exclusión, una cifra que, aunque relevante, es la más baja entre todos los grupos de edad. Ahora bien, la realidad es muy distinta según el país que se observe, con diferencias que superan los 30 puntos porcentuales.

Los países bálticos (Lituania, Letonia, Estonia) presentan los mayores riesgos de pobreza entre los mayores, a pesar de su crecimiento económico, que no ha revertido en unas pensiones dignas. En el extremo opuesto, los países nórdicos y centroeuropeos (Dinamarca, Suecia, Países Bajos, Austria) registran las tasas más bajas, gracias a sistemas de pensiones más generosos y a políticas de protección social consolidadas.

Según la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) de 2025 del INE, España se encuentra muy cerca de la media europea (19,2%) y representa el menor riesgo de pobreza de todos los grupos de edad. Esto se debe a tres factores: la protección del sistema público de pensiones, especialmente a partir de las reformas de 2021 y 2023 que blindaron su revalorización con el IPC; el alto porcentaje de mayores propietarios de su vivienda; y las políticas específicas dirigidas a este colectivo. Eso sí, la tasa AROPE no es homogénea dentro del propio colectivo: crece conforme aumenta la edad, de modo que los mayores de 80 años son significativamente más vulnerables que los de 65 a 70 años.


Feminización de la vejez

En todas las sociedades del mundo, las mujeres viven más años que los hombres. Esta brecha de género en la esperanza de vida hace que la viudedad sea la norma entre las mujeres más mayores. Este predominio numérico de las mujeres ha sido denominado la «feminización de la vejez».

La feminización de la vejez no está exenta de problemas. Las mujeres mayores tienen más probabilidades de ser pobres que los varones, un fenómeno que se conoce como la brecha de género en las pensiones. En la mayoría de los países, es mucho menos probable que las mujeres tengan derecho a una pensión contributiva plena, debido a la diferencia salarial por motivos de género y a la pérdida de ahorros derivada del cuidado de hijos y familiares.

La forma de vida de las personas mayores también tiene una dimensión de género. Según un estudio de 2006 de Delbès (1) y Gaymu (2), citado por Giddens(3), en algunos países europeos las mujeres envejecen solas, mientras que los hombres lo hacen acompañados. Las mujeres mayores tenían el doble de probabilidades que los hombres de vivir en una institución. Los autores sugerían una hipótesis reveladora: quizás los hombres tienen más dificultades para manejar los problemas de salud de sus parejas, mientras que las mujeres asumen ese cuidado. Así, cuando la mujer enferma, el hombre recurre a una institución; cuando el hombre enferma, la mujer lo cuida en casa.


Vejez y etnia

No todos los mayores envejecen igual. Da igual que la biología sea universal: la experiencia de la vejez está atravesada por la clase, el género y, también, por la pertenencia a una minoría étnica. Como señala Giddens, el envejecimiento se vive de manera muy distinta según el grupo étnico al que se pertenezca. Y no es casualidad: es el resultado de toda una vida de desventajas acumuladas.

Las personas mayores pertenecientes a minorías étnicas suelen tener rentas inferiores a las de sus homólogos blancos y dependen en mayor grado de subsidios sociales. También están en desventaja en otras medidas de riqueza, como la tenencia de un coche o la propiedad de una vivienda. Y un factor clave: las minorías étnicas jubiladas a menudo no pueden complementar su pensión estatal, porque el tipo de empleo que han tenido durante su vida rara vez ofrecía un plan de pensiones privado.

Giddens cita un estudio británico que apunta a tres causas de esta carencia: un historial laboral más reducido (por períodos de desempleo o empleo a tiempo parcial), la discriminación en el mercado laboral y la escasez de empleos de calidad en las zonas donde se asientan. Pero podríamos añadir una cuarta: la precariedad estructural que ha marcado la trayectoria laboral de muchos inmigrantes, especialmente en sectores como la hostelería, la agricultura o el servicio doméstico. Sectores donde las pensiones privadas son un lujo.

El problema, además, se agrava con la edad. Porque la discriminación no se queda en el mercado laboral. Se traslada a la vejez y se multiplica. Y como ocurre con la feminización de la vejez, la etnia añade otra capa de vulnerabilidad. Una mujer mayor, inmigrante y con baja cualificación no es solo una jubilada más: es el resultado de décadas de desigualdades que el sistema de pensiones no ha sabido corregir.

En España, el fenómeno es aún más opaco porque apenas tenemos estudios específicos sobre la intersección entre vejez y origen étnico. Sabemos que el riesgo de pobreza entre la población extranjera es muy superior al de la población autóctona —el 53% de los residentes de fuera de la UE estaban en riesgo de pobreza en 2022, frente al 16% de los nacionales—, pero rara vez cruzamos esos datos con la edad. Es como si los inmigrantes, cuando se jubilan, desaparecieran de las estadísticas.

Porque la vejez de las minorías étnicas es, en gran medida, una vejez invisible. Y la invisibilidad, según nos enseña la sociología, suele ser la antesala de la exclusión.


Aislamiento social

La soledad es una de las principales preocupaciones de los mayores. La jubilación —lo sé por experiencia propia— te separa de compañeros y amigos del trabajo, reduciendo el círculo de relaciones que has ido tejiendo durante la vida laboral. Poco a poco, conforme cumples años, las parcas se llevan a personas de tu generación. Una persona mayor puede también quedarse viuda o tener problemas de salud que dificulten mantener una vida social activa. Por último, como señalan Macionis (4) y Plummer (5), el aislamiento social aumenta por el miedo a ser víctima de un delito, lo que lleva a muchos a refugiarse en sus hogares.

Según Eurostat, en 2023, la media de personas mayores de 65 años que viven solas en la UE es del 31,6%. Lituania encabeza la lista con un 51%, mientras que Eslovaquia ocupa el último lugar con un 11,6%. España se sitúa por debajo de la media europea, con un 25,2%.

Tal y como señalan Macionis y Plummer, vivir solo es una realidad objetiva (el «aislamiento social»), mientras que sentirse solo es una experiencia subjetiva (la «soledad no deseada»). En esto, las encuestas no acaban de ponerse de acuerdo; es lo que tiene la subjetividad.

La encuesta más fiable al respecto es la de Condiciones de Vida del INE, que desde hace unos años incluye un módulo específico sobre soledad. Pregunta directamente: «¿Con qué frecuencia se siente solo/a?». Los datos de 2024 muestran que el 18,7% de la población de 65 y más años declaró sentirse sola «parte del tiempo» o «la mayor parte del tiempo». Ese porcentaje es más del doble en el caso de las mujeres mayores que viven solas.

Macionis y Plummer señalan que los mayores de los países del norte de Europa se sienten menos solos que los del sur. Esto puede deberse, en mi humilde opinión, a que las culturas nórdicas trabajan más el sentimiento de independencia y el individualismo positivo, lo que les dota de más «anticuerpos» contra los efectos negativos de la soledad.


Brecha digital

Vivimos en una sociedad que se ha vuelto digital a toda velocidad. Trámites bancarios, citas médicas, declaración de la renta, comunicación con la administración, compras, ocio, relaciones personales… todo pasa por una pantalla. Y para quienes crecimos con lápiz y papel, o incluso con tarjetas perforadas (como un servidor), este mundo no siempre es fácil de navegar. Pero lo preocupante no es que algunos vayamos más lentos; es que el sistema ha decidido que, para ser ciudadano de pleno derecho, hay que ser también usuario digital competente. Y ahí, los mayores tenemos un problema.

Según datos que proporcionó el Ministerio de Transformación Digital y Función Pública correspondientes a 2024, solo la mitad de las personas de 75 años o más ha usado Internet alguna vez. Uno de cada dos mayores de 75 años nunca ha pulsado un enlace. Y la cosa empeora con la edad y el nivel educativo: mientras el 96% de los mayores con doctorado usa mensajería instantánea, solo el 15% de quienes tienen estudios inferiores a primaria lo hace. La clase social, una vez más, se cuela en la vejez.

Pero el problema no es solo de acceso. Cuando los mayores se conectan, lo hacen sobre todo para comunicarse (WhatsApp con los nietos). Solo el 18% accede a la banca online y apenas el 7% ha comprado por Internet. Es decir, pueden hablar con la familia, pero no pagar el recibo de la luz. Y en un mundo donde las oficinas bancarias cierran y la Administración exige cita previa digital, eso no es un problema menor.

Yo, que he estudiado y trabajado en informática durante más de 40 años, me siento un privilegiado. Sé cómo funciona esto. Pero la mayoría de mis coetáneos se enfrentan a una interfaz hostil y se sienten idiotas. No lo son. Es el sistema el que no está pensado para ellos.

La brecha digital no se resuelve repartiendo tabletas. Se resuelve con diseño inclusivo, con alfabetización digital adaptada y con políticas públicas que no obliguen a una persona de 80 años a ser experta en tecnología para sobrevivir en este mundo. Porque excluir a los mayores del mundo digital es excluirlos de la participación social, del acceso a derechos básicos y de la posibilidad de mantener relaciones significativas.


Discriminación por razón de edad: edadismo

La discriminación por razón de la edad es la expresión que sirve para designar los prejuicios y el tratamiento desigual que sufren los mayores. En los últimos tiempos se ha impuesto el término edadismo, acuñado por el psiquiatra y gerontólogo estadounidense Robert N. Butler (5) en 1969. Butler creó este concepto para describir la discriminación sistemática y los prejuicios contra las personas mayores, y lo equiparó a otros "ismos" como el racismo y el sexismo.

Existe, sin embargo, una diferencia fundamental entre el edadismo y el racismo o el sexismo: todos cumplimos años. Discriminar a una persona de otra raza es moralmente deleznable, pero discriminar a una persona mayor es, además, tremendamente estúpido, porque —en el mejor de los casos y dado que la alternativa al envejecimiento es mucho peor— las personas mayores representan el futuro deseable de cada persona. Tratar bien a los mayores es tratar bien tu futuro.

Pero el edadismo no es solo una cuestión de actitudes individuales. Como señala Anthony Giddens, se manifiesta en tres áreas clave de la vida social: las relaciones sociales, el empleo y la distribución de bienes y servicios.

En el ámbito de las relaciones sociales actúan numerosos estereotipos falsos. Se suele decir de los mayores —entre otras lindezas como "seres desvalidos", "resentidos", "opuestos a todo" o "infelices"— que la mayoría de los mayores de 70 años están en hospitales o residencias, y que una gran proporción está senil. Pero la realidad es muy distinta: la gran mayoría vive en viviendas privadas, y menos del 10% de quienes tienen entre 65 y 80 años muestran síntomas de demencia senil. Sin embargo, estos estereotipos persisten y alimentan actitudes negativas y, en muchos casos, el maltrato a los mayores en entornos institucionales y domésticos.

En el ámbito laboral, suele creerse que los trabajadores mayores son menos capaces y competentes que los jóvenes. Los estudios psicológicos, sin embargo, indican que los trabajadores mayores puntúan mejor en aspectos como fiabilidad, productividad y rendimiento cognitivo diario. La productividad no decae con la edad; lo que cambia es el tipo de productividad.

En la distribución de bienes y servicios, las personas mayores pagan más por su seguro de vacaciones o de coche, y son tratadas de manera diferente en las instituciones sanitarias, solo por razón de su edad. Una discriminación que, en muchos casos, pasa desapercibida porque está normalizada.

En las últimas décadas, muchos gobiernos han puesto en marcha propuestas para prohibir la discriminación por edad en la contratación, la formación, los ascensos y los derechos de jubilación. Pero las leyes, por sí solas, no cambian los prejuicios.

El edadismo sigue siendo el "ismo" más tolerado socialmente. Para ilustrar esta afirmación, basta con pensar que los chistes racistas o sexistas ya no están bien vistos; en cambio, se siguen haciendo innumerables bromas sobre la vejez. Muchas personas envían tarjetas de cumpleaños cuyo humor se basa en la decrepitud que avanza con cada año que pasa.


Maltrato a las personas mayores

El maltrato a las personas mayores es el edadismo llevado a su máxima expresión. Este maltrato puede manifestarse de muchas formas, desde la negligencia (o "abandono pasivo") hasta la ofensa verbal, el daño emocional o incluso el maltrato físico. Es un problema agravado por el infradiagnóstico y por la escasez de fuentes que proporcionen datos fiables.

La Organización Mundial de la Salud estima que, a nivel global, una de cada seis personas mayores de 60 años sufre algún tipo de maltrato en su comunidad cada año. En las instituciones, como las residencias de ancianos, la situación es aún más alarmante: dos de cada tres trabajadores de estos centros reconocen haber infligido algún tipo de maltrato en el último año. La pandemia de COVID-19 no hizo sino agravar esta realidad, dejando a miles de mayores aislados y en situaciones de desprotección extrema.

Los datos en España son igualmente preocupantes. Según la Encuesta de Condiciones de Vida del INE, el porcentaje de personas que declaran haber sufrido maltrato aumenta con la edad: mientras que en el grupo de 65 a 74 años la cifra es del 18%, entre los mayores de 75 años asciende al 24,2%. Y, como ocurre con otros problemas de la vejez, el maltrato tiene rostro de mujer. Cruz Roja atendió en 2024 a 2.232 personas mayores en situación de maltrato, de las cuales el 85% eran mujeres.

El maltrato psicológico es el más frecuente, seguido del abandono, el abuso económico y la negligencia. En la mayoría de los casos, el agresor pertenece al entorno familiar —especialmente cuando el mayor tiene problemas económicos o de salud— o a los entornos de cuidados públicos. Una realidad que, por vergüenza, miedo o dependencia del agresor, permanece en gran medida oculta. Las cifras reales, advierten los expertos, son probablemente mucho mayores.

Conclusión

Si algo deja claro este recorrido es que los problemas de la vejez no son inevitables. No son un castigo divino ni una consecuencia natural del paso del tiempo. Son, en gran medida, el resultado de decisiones sociales, políticas y económicas que pueden revisarse. Las desigualdades que se acentúan con la edad no son un designio del destino, sino el reflejo de un sistema que ha tratado a los mayores como una carga en lugar de como una conquista social.

Conocer estos problemas —como hemos hecho a lo largo de estas páginas— es el primer paso para abordarlos. Y abordarlos no es una cuestión de caridad, sino de justicia. Porque quienes hoy son mayores merecen envejecer con el respeto que se ganaron durante décadas de trabajo y contribución.

La vejez no es un destino aciago, sino una etapa de la vida que merece ser vivida con la misma dignidad que cualquier otra. Y que, aunque los problemas que presenta son reales, también lo son las soluciones. Solo falta ponerlas en marcha. En este sentido, en el próximo artículo de esta serie, subiremos un peldaño más y nos preguntaremos qué papel juegan las políticas públicas en todo esto. Porque los problemas que hemos descrito no son solo personales; son también políticos.

Juan Carlos Barajas Martínez

Sociólogo

Notas

  1. Christiane Delbès fue una demógrafa y socióloga francesa, especializada en el estudio del envejecimiento y las condiciones de vida de las personas mayores. Fue investigadora en la Fondation nationale de gérontologie (FNG) en París, donde desempeñó el cargo de chargée de recherche (investigadora). Además, fue investigadora asociada al Institut national d'études démographiques (INED), el prestigioso instituto francés de estudios demográficos. Su trayectoria profesional se centró en el análisis de la transición a la jubilación, las diferencias de género en la vejez y las dinámicas del envejecimiento poblacional. Christiane Delbès falleció el 30 de diciembre de 2023.
  2. Joëlle Gaymu es una demógrafa e investigadora francesa, especializada en el estudio del envejecimiento y las condiciones de vida de las personas mayores. Es investigadora en el Institut national d'études démographiques (INED) de París, donde ha desarrollado la mayor parte de su carrera. También ha estado vinculada a la Fondation nationale de gérontologie (FNG), colaborando estrechamente con Christiane Delbès. Su trayectoria profesional se ha centrado en el análisis de las diferencias de género en la vejez, las modalidades de vida de las personas mayores y el impacto del envejecimiento en la estructura familiar.
  3. Anthony Giddens (Londres, Inglaterra, 18 de enero de 1938) es un sociólogo inglés, reconocido por su teoría de la estructuración y su mirada holística de las sociedades modernas. También adquirió gran reconocimiento debido a su intento de renovación de la socialdemocracia a través de su teoría de la Tercera Vía. Es considerado como uno de los más prominentes contribuyentes modernos en el campo de la Sociología, es autor de al menos 34 libros publicados en no menos de 29 idiomas —publicando en promedio más de un libro por año—. También se lo ha descrito como el científico social inglés más conocido desde John Maynard Keynes.
  4. John Macionis es profesor de sociología en el Kenyon College en Ohio, EEUU.
  5. Ken Plummer es profesor de sociología en la Universidad de Essex, Reino Unido
  6. Robert Neil Butler (21 de enero de 1927 – 4 de julio de 2010) fue un médico, psiquiatra, gerontólogo y autor estadounidense, conocido mundialmente por ser el primero en acuñar el término "edadismo" (ageism). Butler creció con sus abuelos, una experiencia que le marcó profundamente. Durante su etapa en la facultad de medicina, se sintió indignado por la actitud despectiva y desdeñosa de muchos de sus profesores hacia las personas mayores. Esta vivencia fue el germen de su futura lucha contra la discriminación por edad.

Bibliografía

CIS (2025). Estudio 3493 'Edadismo'

INE (2025). Encuesta de Condiciones de Vida (ECV)

AIReF(2023). Opinión sobre la Sostenibilidad de las Administraciones Públicas a Largo Plazo

Eurostat (2026). Fertility statistics (Estadísticas de fertilidad). https://ec.europa.eu/eurostat/statistics-explained/index.php?title=Fertility_statistics

Eurostat (2026). EU fertility rate at 1.34 live births per woman in 2024. Nota de prensa https://ec.europa.eu/eurostat/en/web/products-eurostat-news/w/ddn-20260306-1

Eurostat (2026). Population projections in the EU (Proyecciones de población en la UE) https://ec.europa.eu/eurostat/statistics-explained/index.php?title=Population_projections_in_the_EU

Eurostat (2026). Tasa de dependencia de la tercera edad (Old-age dependency ratio). https://tradingeconomics.com/euro-area/old-age-dependency-ratio-eurostat-data.html

Mancionis John J. y Plummer Ken (2005). Sociología. Pearson-Prentice Hall

Giddens Anthony y Sutton Philip W. (2025). Sociología. Alianza-Editorial

Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad. (2025). El uso de las tecnologías por mayores en España (Edición 2025 - Datos 2024). Red.es. Secretaría de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial. Ministerio de Asuntos Económicos y de la Función Pública