miércoles, 21 de octubre de 2026

Sociología del envejecimiento 4: teorías sociológicas de 1ª generación

 

Fuente: Bergston, Burguess y Parot (1997) a través de Robledo y Orejuela (2020)

Resumen

Este artículo es el primero de los dedicados a las teorías sociológicas del envejecimiento. En él se abordan las teorías de primera generación, que surgieron inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial y se extendieron hasta finales de los años sesenta. Estas teorías comparten un mismo contexto histórico y una misma preocupación por el lugar de los mayores en la sociedad.

Se examinan cuatro perspectivas: la teoría de la retirada o desvinculación (Cumming y Henry, 1961), la teoría de la actividad (Havighurst, 1961), la teoría de la modernización (Cowgill y Holmes, 1972) y la teoría del envejecimiento como subcultura (Rose, 1965).

Para cada una se presentan sus autores, sus tesis centrales, las críticas que ha recibido y cuál es su vigencia en la actualidad. El artículo concluye señalando las limitaciones comunes de esta primera generación y anticipando el desarrollo de las teorías de segunda y tercera generación en las siguientes entregas.

Abstract

Índice

  • Introducción
  • Teoría de la retirada o desvinculación
  • Teoría de la actividad
  • Teoría de la modernización
  • Teoría del envejecimiento como subcultura
  • Conclusiones

Introducción

La sociología no se preocupó por la vejez de manera seria hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Como consecuencia, han predominado los enfoques empíricos, que conectan con dificultad con los modelos teóricos establecidos y que suelen ser más descriptivos que explicativos, de carácter práctico y hasta cierto punto ateórico. De hecho, uno de los mayores esfuerzos que he tenido que hacer al preparar este artículo ha sido enlazar, en la medida de lo posible, las teorías sociológicas principales con las teorías particulares sobre el envejecimiento.

Existe una clasificación habitual en la literatura que divide las teorías sobre el envejecimiento en tres generaciones. Adopta como criterios el cronológico, por un lado, y las características comunes que presentan, por otro. Las teorías de la primera generación aparecieron inmediatamente después de la guerra, hacia 1949, y se extendieron hasta 1969. Se centran en asignar a los mayores su lugar en la sociedad. Desde 1970 hasta 1985, como oposición al primer grupo, surgieron las de segunda generación, que buscan identificar las formas en que los ancianos se relacionan. Por último, las de tercera generación aparecen a partir de 1980 como crítica a los planteamientos anteriores. Veamos con detenimiento el primer grupo de teorías.

Teoría de la retirada o de la desvinculación

Aunque el funcionalismo, como marco general, no se ocupó del envejecimiento de forma monográfica, sí proporcionó las herramientas conceptuales que los autores de la teoría de la retirada aplicarían después. Por eso se considera esta teoría como parte del funcionalismo.

La teoría tiene dos nombres ("teoría de la retirada" y "teoría de la desvinculación") porque son dos traducciones diferentes del mismo concepto en inglés: Disengagement Theory, formulada por Elaine Cumming (1) y William E. Henry (2) en 1961.

Según esta teoría, el funcionamiento social del envejecimiento tiene dos procesos: sustitución y retirada. Para que una sociedad se mantenga estable, es necesario que las personas que en un futuro inmediato van a ser incapaces de realizar sus tareas satisfactoriamente sean reemplazadas por otras más jóvenes capaces de sustituirlas. Y este proceso de sustitución se complementa con el proceso de retirada de los mayores. A fin de evitar trastornos sociales, la respuesta social es, según estos autores, apartar o retirar (disengage) a los ancianos; esto es, transferir gradualmente las tareas y responsabilidades de los mayores a los jóvenes, de manera que puedan ser desempeñadas con las mínimas interrupciones.

El envejecimiento implica, por tanto, un retiro mutuo: la persona mayor se retira de sus roles sociales (trabajo, responsabilidades familiares, vida social activa) y la sociedad, a su vez, se retira de ella (la jubila, la excluye de ciertos ámbitos).

Es un proceso natural y universal: según Cumming y Henry, este retiro es inevitable, ocurre en todas las sociedades y es beneficioso para ambas partes. La persona mayor puede dedicarse a la introspección y a prepararse para el final de la vida —estoy seguro de que esta teoría no la formuló alguien de edad provecta—, mientras que la sociedad permite que las generaciones más jóvenes ocupen los roles que los mayores dejan vacantes. Este proceso garantiza la continuidad y el equilibrio del sistema; es decir, usando la jerga funcionalista, es funcional para el sistema social, pues evita conflictos intergeneracionales por los roles y los recursos.

Aunque la teoría tiene todavía, más de 60 años después de su formulación, muchos simpatizantes, hay muchos más críticos.

En primer lugar, muchos trabajadores no están preparados para ser apartados del trabajo remunerado porque no tienen la suficiente seguridad económica que los respalde.

En segundo lugar, muchos mayores no desean ser apartados de sus responsabilidades productivas o profesionales. Al fin y al cabo, la retirada conlleva un alto precio, que incluye la pérdida de prestigio social y el aislamiento.

En tercer lugar, no se dispone de evidencias suficientes para afirmar que los beneficios de retirar a los ancianos son mayores que los costes, que incluyen desde la pérdida de recursos humanos —sobre todo de conocimientos y experiencia— hasta los costes asociados al mantenimiento de unas personas que pueden valerse muy bien por sí mismas.

Por último, y es la crítica más clara en mi opinión, esta teoría presenta a los mayores como personas pasivas, dispuestas a abandonar la carga del trabajo y a recibir ayuda o depender de los demás, cuando hay investigaciones —las hemos visto en artículos anteriores— que indican lo contrario.

La teoría de la retirada, tal como la formularon Cumming y Henry, está académicamente desacreditada, pero su lógica de fondo —entender a los mayores como una categoría que debe ser "gestionada" para el buen funcionamiento del sistema— sigue muy viva en el discurso político contemporáneo, especialmente en la derecha liberal y la ultraderecha.

No es que los partidos liberales o de extrema derecha hayan leído a Cumming y Henry. Es que la teoría de la retirada fue la expresión académica de una lógica funcionalista que sigue operando en el discurso político: la de que ciertos grupos deben ser "gestionados" —retirados, recortados o privatizados— para garantizar el equilibrio del sistema.

 

Teoría de la actividad

Como reacción a la teoría de la retirada surgió la teoría de la actividad, propuesta por Havighurst (3) en 1961. Aunque Havighurst es su autor más citado, la teoría contó también con las aportaciones de otros autores, como Albrecht (4) y, en cierta medida, Neugarten (5). Parte de la proposición de que un alto nivel de actividad mejora la satisfacción personal de los mayores.

Puesto que todas las personas construyen su identidad a partir de las actividades y los roles que desempeñan, la retirada, tal como la presentan los funcionalistas, implica un grado menor de satisfacción personal y, en casos extremos, una inadaptación a la nueva situación que convierte la vida de los mayores en un sinsentido.

La teoría propone que los mayores deben recibir nuevos roles y responsabilidades a medida que son sustituidos en los antiguos, de manera que puedan mantener una vida activa. De hecho, como hemos visto en artículos anteriores, muchos estudios muestran la importancia de permanecer implicado en actividades y relaciones diarias.

Esta idea conecta directamente con el interaccionismo simbólico. Autores como Mead (6) y Goffman (7) ya habían señalado que el yo y la identidad no son algo dado, sino que se construyen y se negocian en la interacción social. Desde esta perspectiva, la actividad no es solo una forma de "entretenerse" o de "mantenerse ocupado": es el mecanismo a través del cual los mayores siguen construyendo su identidad y su lugar en el mundo. Sin roles ni actividades, el yo se desdibuja.

La teoría de la actividad no centra su atención en las necesidades de la sociedad, sino en las de los mayores, y destaca la diversidad social que existe entre este colectivo, una consideración importante a la hora de elaborar políticas públicas.

También esta teoría no se libra de las críticas, muchas de ellas provenientes del campo del funcionalismo, pero también las hay desde otras perspectivas.

Las principales críticas a la teoría de la actividad señalan, en primer lugar, su homogeneización de la vejez, no todos los envejecimientos son iguales. En segundo término, su insuficiente alcance explicativo, centrado solamente en la conducta de los individuos. También se critica que se deje a los mayores la responsabilidad de adaptarse al sistema social sin un análisis crítico de las estructuras dominantes y las normas preestablecidas. Se la acusa, además, de la falta de consideración de factores como la exclusión social, la pobreza o el declive físico o mental, y su influencia en la posibilidad de elegir nuevos papeles sociales. Se la tacha de etnocentrismo por sus fundamentos, provenientes de los valores de la clase media americana, que desconocen los contextos de los países en desarrollo. Por último, se critica el hecho de que el énfasis en la actividad para evitar el desenganche puede ser visto como una perspectiva antienvejecimiento en la cual la muerte no se tiene en cuenta.

A pesar de estas críticas, según algunos autores, muchas investigaciones actuales están soportadas en esta teoría al usar marcos de referencia de referencia de adaptación o inadaptación de las personas viejas a las expectativas sociales, sin considerar sus necesidades particulares.

Teoría de la modernización

Si la teoría de la actividad ponía el foco en el individuo, la teoría de la modernización desplaza la mirada hacia la sociedad en su conjunto. Propuesta por Cowgill (8) y Holmes (9) en 1972, esta teoría relaciona el grado de modernización de las sociedades con el papel que juegan los mayores en su seno. Los autores argumentan que el aumento de la modernización conlleva el declive de la valoración de los mayores.

La causa de esta correlación inversa estribaría en que el tipo de conocimiento y el papel social de los ancianos disfrutaba de una gran importancia y reconocimiento en las sociedades preindustriales, pero no en las sociedades modernas, en las que la urbanización, la industrialización y la burocratización han desplazado el prestigio de lo viejo.

Estos procesos sociales han traído consigo el mayor nivel educativo de las nuevas generaciones, el aumento del tiempo libre, el incremento de la esperanza de vida y profundos cambios en la tenencia familiar de la propiedad de la tierra. Son cambios económicos y culturales que convierten a los viejos en dependientes económicos de sus hijos, despojándoles de la vitola de patriarcas que poseían antaño en las sociedades agrícolas.

Cowgill y Holmes identificaron cuatro factores que explican el declive del estatus de los mayores en las sociedades modernas. El primero es la tecnología sanitaria: los avances médicos alargan la vida, pero también prolongan la dependencia de quienes ya no pueden valerse por sí mismos. El segundo es la tecnología económica: la rápida obsolescencia de los conocimientos técnicos hace que la experiencia acumulada por los mayores pierda valor frente a las habilidades de los más jóvenes. El tercero es la urbanización: la dispersión de las familias y la vida en ciudades rompen las redes de apoyo tradicionales que sostenían a los mayores en el medio rural. Y el cuarto es la educación masiva: cuando el conocimiento deja de ser un privilegio de unos pocos y se democratiza, la brecha entre lo que saben los mayores y lo que aprenden los jóvenes se estrecha, y con ella se diluye la autoridad de los ancianos como depositarios de la sabiduría.

Los críticos de la teoría de la modernización le reprochan, en primer lugar, que considere el proceso de modernización como algo lineal, sin tener en cuenta sus facetas, su transformación y su duración. En segundo lugar, se critica que caiga en la homogeneización de los ancianos, desconociendo el contexto sociocultural y las nociones cambiantes de la vejez. Por último, se le achaca no incorporar variables de género, raza, etnia, clase social, localización geográfica ni periodo histórico asociado al estudio del proceso de envejecimiento. Es decir, como se puede apreciar, se le acusa de ser una teoría un tanto simplista y muy general.

Esta teoría se sigue utilizando en algunos sectores de la academia para explicar el aumento de la demanda de servicios por parte de los mayores y para anticipar el camino que, según sus postulados, habrán de seguir los países en desarrollo: el mismo que nos ha llevado a las sociedades industriales a disfrutar de las cotas de desprecio hacia los mayores que hoy conocemos.

Teoría del envejecimiento como subcultura

Frente a las teorías anteriores, que ponían el acento en el individuo o en la estructura social, la teoría de la subcultura introduce una novedad: la idea de que los mayores desarrollan una cultura propia.

Propuesta por Rose y, en menor medida, por Peterson en 1968, esta teoría sostiene que la población mayor, como respuesta al entorno que las sociedades modernas construyen a su alrededor, ha desarrollado una cultura propia, con normas, valores, patrones de conducta, creencias, intereses comunes y comportamientos específicos, con independencia de sus características de género, raza y clase social.

Rose (10) y Peterson (11) proponen que el entorno que ha transformado la cultura de los ancianos se ha creado a partir de las normas y expectativas de comportamiento que se establecen en las interacciones sociales, así como de los cambios demográficos, ecológicos y sociales. Y, quizás lo más importante, por un lado, el establecimiento de políticas públicas segregacionistas —así las califican— como la jubilación y los centros de retiro; y, por otro, el agrupamiento por edades, muy común en las sociedades contemporáneas.

Esta teoría se inscribe directamente en el interaccionismo simbólico. Rose era un autor formado en esa tradición, y su idea de que los mayores construyen una identidad compartida a través de la interacción con otros mayores es un ejemplo claro de cómo el yo se forma en la interacción social. Desde esta perspectiva, la subcultura de la vejez no es una respuesta "natural" al envejecimiento, sino el resultado de un proceso de segregación social: cuando la sociedad aparta a los mayores de los espacios de interacción con otros grupos de edad —mediante la jubilación, las residencias o la organización de actividades "para mayores"—, estos tienden a agruparse entre sí y a desarrollar una cultura propia. La subcultura, por tanto, no es la causa del aislamiento, sino su consecuencia.

Las críticas a esta teoría, en primer lugar, se centran en la exclusión que genera la subcultura en las interacciones con otros grupos etarios y en el aumento de los estereotipos negativos, que pueden ir en contra del restablecimiento de los derechos de los mayores en la acción política.

En segundo lugar, se señala que la teoría corre el riesgo de presentar la subcultura de la vejez como algo homogéneo, cuando en realidad los mayores no comparten una única identidad: las diferencias de clase, género, etnia y trayectoria vital siguen operando dentro de esa supuesta subcultura.

Por último, se critica su carácter circular: si la subcultura surge de la segregación, y la segregación se justifica por la existencia de una subcultura. Y esto de la circularidad en la argumentación es algo que no se admite en nuestra tradición lógica occidental.

En la actualidad, esta teoría se sigue utilizando para explicar las relaciones entre los ancianos y el resto de la sociedad. Su utilidad principal reside en que permite analizar cómo las políticas públicas y las prácticas sociales —desde la jubilación obligatoria hasta los centros de día— pueden contribuir a crear y reforzar una identidad de grupo entre los mayores, con efectos ambivalentes: por un lado, puede generar un sentimiento de pertenencia y apoyo mutuo; por otro, puede profundizar la separación respecto al resto de la sociedad y reforzar los estereotipos. La teoría, en este sentido, sigue siendo una herramienta valiosa para pensar críticamente sobre las consecuencias no previstas de las políticas de envejecimiento.

Conclusiones

Las teorías de primera generación no comparten un único marco teórico, aunque sí un mismo contexto histórico y una misma pregunta de fondo: ¿cuál es el lugar de los mayores en la sociedad? La teoría de la retirada es claramente funcionalista: entiende el envejecimiento como un proceso de retiro mutuo que garantiza el equilibrio del sistema. La teoría de la actividad surge como reacción a ella y desplaza el foco hacia el individuo y su satisfacción personal. La teoría de la modernización es una teoría macro-histórica de inspiración evolucionista, que describe el declive del estatus de los mayores a medida que las sociedades se industrializan. Y la teoría de la subcultura se inscribe en el interaccionismo simbólico: los mayores construyen una identidad compartida a través de la interacción con otros mayores. Cuatro respuestas distintas, por tanto, a una misma pregunta.

A pesar de esta diversidad, todas comparten algunas limitaciones. En primer lugar, homogeneizan la vejez: tratan a los mayores como un grupo uniforme, sin atender a las diferencias de clase, género, etnia o trayectoria vital. En segundo lugar, desatienden las estructuras sociales: ponen el foco en el individuo, en la cultura o en el proceso histórico, pero rara vez analizan cómo el sistema económico y las políticas públicas moldean la experiencia de envejecer. Y, en tercer lugar, confían demasiado en la adaptación: asumen que los mayores pueden —y deben— adaptarse al lugar que la sociedad les asigna, sin tener en cuenta que muchos carecen de los recursos materiales o sociales para hacerlo.

Estas limitaciones fueron las que impulsaron el surgimiento de las teorías de segunda generación, que abordaremos en el siguiente artículo. Frente al funcionalismo y la homogeneización, estas nuevas perspectivas pusieron el foco en la interacción, la desigualdad y la construcción social de la vejez. Si la primera generación se preguntó por el lugar de los mayores en la sociedad, la segunda se preguntará por las formas en que los mayores se relacionan, negocian y resisten ese lugar.

Juan Carlos Barajas Martínez

Sociólogo

Notas

  1. Elaine Cumming, bióloga social y profesora de sociología en la Universidad Estatal de Nueva York en Albany. Su formación en biología social le permitió abordar el envejecimiento como un proceso que entrelaza lo biológico y lo social, y su teoría, de inspiración funcionalista, se convirtió en el punto de partida de la sociología del envejecimiento moderna.
  2. William Earl Henry (Holyoke, Massachusetts, 14 de noviembre de 1917 — febrero de 1994), psicólogo y profesor de la Universidad de Chicago, dirigió el Estudio de Vida Adulta de Kansas City, del que surgió, junto a Elaine Cumming, la teoría de la desvinculación. Su formación en psicología de la personalidad le permitió abordar el envejecimiento desde una perspectiva complementaria a la de Cumming: si ella aportaba la mirada de la biología social, Henry aportaba el estudio de la personalidad y el desarrollo humano.
  3. Robert James Havighurst (De Pere, Wisconsin, 5 de junio de 1900 — Richmond, Indiana, 31 de enero de 1991), educador y psicólogo de la Universidad de Chicago, es una de las figuras clave de la teoría de la actividad. Aunque formado como químico y físico, su interés por el desarrollo humano a lo largo del ciclo vital le llevó a formular la teoría de las tareas evolutivas y a defender, ya en 1949, que las personas deben sustituir los roles perdidos para adaptarse con éxito a la vejez. Su obra sentó las bases de lo que luego se sistematizaría como teoría de la actividad.
  4. Ruth E. Albrecht (n. hacia 1905-1910), investigadora formada en el Committee on Human Development de la Universidad de Chicago, coformuló junto a Robert J. Havighurst la teoría de la actividad en su obra Older People (1953). Su tesis doctoral, The Social Roles of Old People (1951), ya había explorado la relación entre los roles sociales y el ajuste personal en la vejez, y sentó las bases empíricas de una teoría que se convertiría en el principal contrapunto a la desvinculación de Cumming y Henry.
  5. Bernice L. Neugarten (1916-2001) es una de las figuras más influyentes en la psicología del desarrollo adulto y la gerontología. Fue una de las primeras en desafiar los estereotipos sobre el envejecimiento, demostrando que no es un proceso homogéneo, sino que está lleno de diversidad.
  6. George H. Mead (27 de febrero de 1863 - 26 de abril de 1931), filósofo pragmático, sociólogo y psicólogo social estadounidense. Teórico del primer conductismo social, también llamado interaccionismo simbólico en el ámbito de la ciencia de la comunicación. Nació en South Hadley, Massachusetts. Cursó estudios en varias universidades de Estados Unidos y Europa e impartió clases en la Universidad de Chicago desde 1894 hasta su muerte. Con influencias de la teoría evolutiva y la naturaleza social de la experiencia y de la conducta, recalcó la emersión del yo y de la mente dentro del orden social y en el marco del simbolismo lingüístico que usan las personas para comunicarse (interaccionismo simbólico). A partir de la crítica al conductismo de J. B. Watson denominó su propia corriente como conductismo social. Pensaba que el yo surge por un proceso social en el que el organismo se cohíbe. Esta timidez es el resultado de la interacción del organismo con su ambiente, incluyendo la comunicación con otros organismos.
  7. Erving Goffman (11 de junio de 1922, Mannville, Alberta, Canadá-19 de noviembre de 1982, Filadelfia, Pensilvania, Estados Unidos) fue un sociólogo y escritor considerado como el padre de la microsociología. Estudió las unidades mínimas de interacción entre las personas centrándose siempre en grupos reducidos. Esto lo diferencia de la mayoría de estudios sociológicos que se habían realizado hasta el momento, siempre a gran escala. Goffman es uno de los sociólogos más importantes del siglo XX con Pierre Bourdieu, Max Weber, Durkheim o George H. Mead. Apoyándose en el trabajo de estos últimos, trató de profundizar en una sociología más interesada en los procesos micro-sociales de interacción. Su interés central como teórico del interaccionismo simbólico fue estudiar la influencia de los significados y los símbolos sobre la acción y la interacción humana.
  8. Donald O. Cowgill (1911-?), sociólogo de la Universidad de Missouri, formuló junto a Lowell D. Holmes la teoría de la modernización en su obra Aging and Modernization (1972). Su amplia experiencia internacional —fue profesor Fulbright en Tailandia y trabajó en Zambia— le permitió abordar el estudio del estatus de los mayores desde una perspectiva comparada. En 1986, en Aging Around the World, reformuló su propia teoría para dar cuenta de que la relación entre modernización y estatus no es lineal, sino que sigue una curva: el prestigio de los mayores alcanza su punto máximo en las sociedades agrícolas y decae con la industrialización.
  9. Lowell D. Holmes (1925-2010), antropólogo de la Universidad Estatal de Wichita, aportó a la teoría de la modernización una perspectiva transcultural decisiva. Su trabajo de campo en Samoa le permitió comprobar que la vejez no es una categoría universal definida por la edad cronológica, sino una construcción cultural: en Samoa, los mayores seguían siendo respetados y productivos porque la sociedad les asignaba tareas específicas y valoradas. Esa experiencia quedó plasmada en su libro Other Cultures, Elder Years (1983), un texto pionero de la antropología del envejecimiento, y en el capítulo sobre Samoa que escribió para el volumen que editó junto a Cowgill.
  10. Arnold M. Rose (1918-1968), sociólogo formado en la Universidad de Chicago y profesor en la Universidad de Minnesota, formuló la teoría de la subcultura de la vejez en 1962 y la desarrolló en 1965. Su formación en el interaccionismo simbólico le llevó a preguntarse cómo los mayores construyen una identidad compartida cuando son apartados de la interacción con otros grupos de edad. Su muerte prematura, a los 49 años, le impidió tomar posesión como presidente de la American Sociological Association, pero su legado sigue presente tanto en la sociología del envejecimiento como en el estudio de las relaciones raciales.
  11. Warren A. Peterson (1922), sociólogo y gerontólogo social, coeditó junto a Arnold M. Rose el volumen Older People and Their Social World: The Sub-Culture of the Aging (1965), la obra que dio forma a la teoría de la subcultura de la vejez. Su papel fue fundamental como editor y articulador del proyecto, y su nombre aparece habitualmente unido al de Rose en la formulación de la teoría. Peterson continuó su labor editorial en obras de referencia sobre metodología gerontológica y redes de apoyo en la vejez, consolidándose como una figura clave en la infraestructura académica de la sociología del envejecimiento.

Bibliografía

Robledo Carlos A y Orejuela Johnny J. (2020). Teorías de la sociología del envejecimiento y la vejez. Revista Guillermo de Ockham, vol. 18, núm. 1, 2020, Enero-Junio, pp. 95-102, Universidad de San Buenaventura

Mancionis John J. y Plummer Ken (2005). Sociología. Pearson-Prentice Hall

Giddens Anthony y Sutton Philip W. (2025). Sociología. Alianza-Editorial